La S.O.P.A. QUE NOS COMIMOS EN 30 SEGUNDOS

En la biblioteca de la UCM hay pc/ordenadores tan viejos que parecen que fueron hechos a mano. La funcionalidad esperada de esos pobres trastos es que sirvan como terminal de consultas del catálogo bibliográfico, pero los gamberros (entre los que me incluyo) los utilizan para revisar los emails. Lo interesante de esta extensión forzada de la socialización  bibliotequeril es que a tu lado siempre suele haber alguien haciendo lo mismo. En esta ocasión eran dos niñatos. Y les digo niñatos porque me lo merezco, después de que me hicieran sentir un ser anciano.

Me explico. Son tan viejos los pc/ordenadores que no se puede acceder a Gmail salvo en su versión más antigua. A la juventud de los compañeros ocasionales de banco (no más de 21/22 años) se le hacía inverosímil que una cuenta de email funcionara sólo con HTML, sin animación, y que la interfaz no tuviera iconos sino texto. ¡Un horror! No obstante, tras 30 segundos de capacitación gentilmente cedida por el anciano tecnológico, adquirieron la autonomía suficiente para operar con la “nueva” interfaz tradicional de Gmail.

Para los que nos iniciamos en la red hace al menos dos lustros, es un shock tomar conciencia de cuánto han cambiado las cosas y de qué poco nos hemos dado cuenta. Hemos remontado la curva del aprendizaje de sistemas operativos, software, aplicaciones, webs, etc. con mayor o menor suerte, y aún estamos vivos.

No obstante, desde hace varios años, se han ido alzando voces conspiranoicas que advertían del peligro de la docilidad operativa de los humanos frente al ordenador. Los defensores del software libre señalaban el peligro potencial que tenía para nuestra privacidad utilizar herramientas informáticas no sólo poco seguras, sino también diseñadas para convertirse en vehículos de intromisión en nuestros pc/ordenadores.

Señalaban, al mismo tiempo, que disponemos de la capacidad para cambiar de paradigma y desaprender nuestras habilidades como consumidores, para poder convertirnos en operadores de nuestras propias decisiones.

La respuesta ante tamaña insensatez siempre fue la misma: “¡Qué nos importa! No tengo tiempo para aprender a utilizar otro software o sistema operativo. Además, ¿quién se va a meter conmigo que soy ciudadano de una democracia que garantiza mis derechos civiles?”. Como si aprender a utilizar el Windows Vista fuera un hecho intuitivo inscripto en nuestra naturaleza por el sumo hacedor. Pero la no inminencia del peligro acallaba las gafapastadas sonrisas irónicas.

El colmo del meteorólogo no es “estar sin tiempo para nada”, sino que inventaran la “nube”. Si, es verdad. A un ser celestial se le ocurrió que subieran todos sus ficheros a una “nube” indefinible e inexpugnable. Y todos, aún siendo advertidos del peligro, se embalaron para cumplir con el mandato celestial. ¡Que bonica ha quedao la nube! ¡Qué ejemplo de socialización y comunidad má mono!

Pero este no es el “cuento” de Pedro y lobo. Porque Pedro no mentía y el lobo sí estaba ahí. En estos últimos meses ha asomado la cabeza y todos han corrido despavoridos.
El tío Sam les ofreció S.O.P.A. y nadie la quiso. Pero el desenchufe de Megaupload nos hizo ver que hacía años que, como a Mafalda, nos indigestaban a S.O.P.A.

Otra sería la canción si nos hubiésemos tomado 30 segundos para aprender aquello que estaba justo en frente a nuestros ojos.

Un cambio tecnológico…más

La aprobación de la ley S.O.P.A. va a cambiar internet…una vez más. Tal como hicieron advertir los niñatos, internet cambia todos los días, pero la diferencia es que este cambio sí lo notaremos. Su principal efecto va a ser la concentración del tráfico a través de canales “seguros” y “controlados”. De forma lógica, los usuarios y las compañías confluirán hacia aquellos espacios en los que no se corra el peligro de perder información, como en el caso de Megaupload.

La concentración resultante tendrá el mismo efecto que cualquier proceso de monopolización. Suponiendo que los servicios no se encarezcan (lo dudo mucho), los espacios de libertad digital se restringirán proporcionalmente a la concentración. Cada vez será más difícil circular por carretera secundaria.

El problema está en que la realidad es movimiento, nosotros nos movemos a pesar de no ser conscientes. La concentración de recursos nos quita la libertad de movernos en sentido contrario al que el sistema nos pretende imponer.

Un cambio cultural

Por otro lado, escuchamos gritos desesperados de aquellos que perderán la oportunidad de descargar (o mirar online) el último capítulo de la serie de moda (ojo, que a mí también me rompe un poco el bronce). Pero quizás esta es una gran oportunidad de dejar el mundo del copyright y abrazar con cariño el del Creative Commons. Dejarlos bailando solos con su música privada, y cruzar la calle al garito de la música de pago pero común.

Nos quejamos de que nos tratan como piratas pero nos comportamos como tales. Pirateamos licencias de software. Pirateamos películas. Pirateamos libros. Y lloramos por la cultura que perdemos cuando el dinero se interpone entre nosotros y la obra deseada. Pero me llamo, nos llamo, a que miremos qué perderíamos y qué ganaríamos.

Invirtamos 30 segundos para adquirir una autonomía mínima respecto del sistema. No esperemos más que ellos cambien sus normas y no nos consideren piratas. ¿O acaso tenemos un derecho moral sobre el trabajo ajeno? Seamos honestos y dejemos de consumir/piratear copyright y démosle una oportunidad al colectivo de creadores que distribuyen su obra bajo otra licencia. Está en nuestra voluntad utilizar un sistema de normas alternativo en el que no seamos ni piratas ni consumidores, sino partícipes.

¿Ejemplos? Miles. Uno de los últimos: http://youtu.be/ey8c44pUgSE

Otro, que explica el cambio de modelo http://www.youtube.com/watch?v=_VEYn3bXz34

Luego de un tiempo, el abuelo del copyright morirá tranquilo en su cama y podremos disfrutar de nuestra cultura libre, aunque no necesariamente gratis.

Y lo mejor, es que no importará que haya S.O.P.A. en el menú, porque comeremos en el restaurante de enfrente.

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